Friday, March 31, 2006

escrito en la azotea

ESCRITO EN LA AZOTEA

Advertencia
El presente escrito es totalmente incoherente, contradictorio y disperso, no está corregido ni revisado previamente, porque me parece que es así como se deben leer las cosas, más espontáneas, más verdaderas.

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Lunes por la tarde, nada tengo que hacer y nada me interesa en este momento; todos están ocupados en sus vidas: trabajando, estudiando, jugando en cada rincón de las calles y de aquello que llamamos hogares.
Yo, sentada en la azotea veo el cielo, y me doy cuenta de una cosa: sobre mi cabeza únicamente está la inmensidad, a lo lejos el horizonte se pinta de rojo mientras escucho al resto del mundo como un eco que se apaga. A unos metros alguien puso una canción, una canción grupera que pese a su ritmo no deja de transmitir cierta tristeza y decepción, lo mismo que siento al mirar hacia arriba y darme cuenta de sobre mí sólo hay un color azul que no puedo tocar, nada, eso hay sobre mí, nada y me exaspera el hecho de verme a mí misma aquí, abajo, con todas aquellas cosas pequeñas que puedo tocar. Pero ese hermoso color azul, alejándose de aquel horrible smog que hace notar la presencia humana, me recuerda cual es el lugar del hombre: el suelo y la pequeñez, muy a pesar de todas las cosas que ha creado y todo lo que ha dicho descubrir.
La música se ha callado, la canción grupera se ha terminado, pero puedo escuchar todavía a lo lejos el canto de algunos pájaros, las voces que van y vienen de gente que no veo, que no conozco pero que se ha quedado en mi memoria sólo por un instante como prueba de que existieron.

P.D. He descubierto algo, es muy difícil transcribir tus propias palabras.

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Cuando me senté por primera vez en la azotea y vi hacia arriba, fue esa la primera vez que fui capaz de girar la cabeza a todos lados, y con el viento agitando mi cabello caí en la cuenta de que no había nada, sólo la simple y distante inmensidad. El cielo azul, que en el horizonte se hacía rojo y morado me dieron la inevitable sensación de estar sola, aunque a un lado mío, sólo una pared me separaba de cien personas.
No volví a pararme en la azotea, al menos no como ese día, ya que el día que volví estaba con alguien, y cuando estás con alguien el tiempo transcurre con nimiedades, con banalidades de qué vas a hacer, qué es lo que quieres o cómo te sientes.
Hoy me volví a sentar en la azotea yo sola, pero experimenté al principio cierta decepción al darme cuenta de que, a diferencia del cielo inmaculado de la primera vez, ahora había algunas nubes en el cielo, nubes dispersas que parecen corridas por el viento.
En este momento he concluido en una cosa: jamás ocurrirá otra vez, jamás podré volver a ver ese cielo maravilloso que vi por primera vez en una azotea cualquiera, tan sólo puedo disfrutar el cielo de hoy, con sus nubes naranjas y guardarlo en mi memoria antes de volver de nuevo a ellos, al mundo real, al reino humano, donde no se puede ver hacia arriba, porque una persona normal no ve hacia arriba ya que se corre el riesgo de caer.

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Otra vez me he parado en la azotea, pero ahora es de noche y las sombras de mi propia mano me impiden ver lo que escribo mientras contemplo el cielo manchado de estrellas.
El día de hoy, como ayer y como todos los días en que voy a la azotea, me siento sola, sola me pongo a escribir mientras la luz de mi teléfono (mi falso contacto con la civilización) intenta ganar terreno a la sombra de mi mano.
Hoy los ruidos están más calmados, seguramente en este momento las sombras se han dispuesto para ocultar los secretos que se suceden en el atardecer, y mientras me veo a mí misma aquí escribiendo en la azotea me atormento yo sola con preguntas y recuerdos que me mortifican y me consuelan.
Una vez, cuando era pequeña, estaba con mi hermana, cuatro años menor que yo, parada junto a una torre de luz y ella comentó que no le gustaba mirar hacia arriba, se sentía mareada al ver las enormes torres, decía que le daba la impresión de que se le iban a caer encima, mientras, yo sólo cuidaba de no tropezar entre las ramas, de no caer.
Mirar hacia arriba no importaba realmente, no hasta un día en los columpios, cuando miré hacia arriba y me di cuenta de que no había nada, tan sólo el cielo azul sin mancha alguna.
Mucho tiempo después, tal vez hace unos instantes, me encontré pensando en estos dos episodios, y concluí en dos simples cosas.
La primera se refería al temor de mi hermana a mirar hacia arriba, pero más que nada al mismo temor que yo sentía a mirar hacia abajo. Y es que mirar hacia arriba y mirar hacia abajo no son solamente cuestiones de vértigo, al menos no para mí.
Nosotros sabemos donde termina abajo, termina en el suelo, en el mar accidentado de rocas, en el infierno tal vez, dicho de modo estúpido, termina en el final. En el lugar en el que ya no nos podemos mover, donde no se puede mirar hacia otro lugar porque ya no hay otro lugar.
La muerte tal vez , aunque no se trata de la muerte como la descomposición del cuerpo y la ausencia de signos vitales, no como nosotros creemos conocerla; se trata de una muerta mucho más dolorosa, más triste y más cruel, la que describió García Márquez en voz de su profeta Melquíades, el olvido.
Porque caer es no volver, es irse para siempre, terminar en el hoyo negro que absorbe galaxias enteras cuyos nombres jamás sabremos porque ya no son vistas en el telescopio.
Así es caer al vacío, ser olvidado, temor constante y casi intrínseco al hombre, pero esto me lleva al segundo punto que conseguí esta noche en la azotea.
El segundo punto se relaciona con el hecho de que jamás sentí el temor que siente mi hermana a mirar hacia arriba, tal vez por la fascinación que ejerce en mí el cielo, tal vez por ese sentimiento extraño que mi maestro de estética llamó sublime, que encaja con lo que mi hermana dijo hace tanto tiempo: “parece que se me va a caer encima”, “me marea”, ese sentimiento tan cercano al peligro como a la admiración; pero sobre todo, me hace pensar en lo que nunca voy a poder tocar, el cielo.
Y es que arriba, en el cielo, está todo lo que amamos, lo que deseamos, lo que veneramos. Desde Dios, el rey de los cielos, hasta las estrellas de música y cine que nos permiten por una hora o dos olvidarnos de la cotidianeidad y monotonía, todo parece estar allá arriba.
Allá arriba está el sol, que es causa de nuestra existencia, y allá arriba está la luna, la musa que inspira a los poetas y la causante de las mareas.
Un día, cuando tenía como cinco años, le dije a mi madre que quería tocar las nubes y ella me contestó “te vas a decepcionar porque sólo es vapor”. Aquella revelación me llevó a una triste conclusión: nada es lo que aparenta, ni siquiera lo que está en el cielo.
Porque, ¿Qué queda fuera del sol, de la luna, de las estrellas?, sólo la fría y lejana oscuridad, extraña para los muchos que no la conocen, o más bien que la evaden, aun cuando saben perfectamente que la luz es luz sólo por la oscuridad, del mismo modo en que el arriba es por el abajo, porque yo creo que existe una dicotomía en cada cosa: no todo es bueno ni todo es malo, y todo lo que sube tiene que bajar, ya sea dulcemente como la pluma o cruelmente como los avionazos que vemos en las noticias.
Porque a pesar de todo, en el cielo, donde aparentemente todo es perenne, hasta las cálidas estrellas se tienen que caer, y hasta el sol dador de vida se tendrá que apagar.

2 comments:

loka sin zapatos said...

extrañísimo y cautivante!!! llegué por curiosidad, la imagen me enamoró y luego el texto... el texto... enmudecí...

d'lirio said...

gracias por el comentario, CARPE DIEM